Imagínense estar presente en la basílica de San Pedro en el Vaticano y estar a menos de un metro de distancia de La pietá, de Miguel Ángel. Aún más que eso, imagínense poder recorrerla en todas sus líneas y relieves con la yema de sus dedos: poder tocar el rostro jovial de María, contornear su naríz, rozar sus labios con la yema del pulgar, pasar la palma de la mano por la casi perfecta anatomía de Jesucristo; palpar la barba de su rostro desvanecido, sus tendones y ligamentos, sus costillas sobreexpuestas, todas sus heridas, y cada dedo de su mano caida. Sería grandioso, ¿no?
Pero la realidad es otra: las exposiciones de Arte —al menos en su gran mayoría— no están abiertas a permitirnos tocar sus obras expuestas. Esto sobre todo ocurre con las exposiciones bajo techo, y no solamente suele ocurrir con las obras de gran valor artístico, sino también con obras muy deprimentes, hechas por algún artista —o supuesto artista— que creyó ingenuamente que su obra sería más que "admirable", y que además, por su condición de supuesta "obra maestra", tendría que ser intocable.
Comprendo que en una exposición no sea permitido estar manoseando el óleo sobre un lienzo, o dejando impregnadas las yemas de los dedos sobre el mate de una fotografía... ¿Pero qué pasaría en el caso de la Escultura y su característica esencial, que consiste en ser poseedora de volúmen? ¿Es acaso ésta un arte sólo para percibir con la vista? El artista, al momento de esculpir —y a diferencia de las demás artes "planas"—, crea una realidad objetiva expuesta en tres dimensiones. El trabajo de un escultor no consiste únicamente en crear una perspectiva plana de su obra, sino en crear una estructura, una masa; crear algo cuya esencia consista en pasar a formar parte de nuestro mundo objetivo como un elemento más —aún así si se tratase de un elemento abstracto— al que sólo le haga falta tener vida propia.
Ya sea el Arte —en este caso, indiferentemente— la acción del artista o el resultado de esa acción, a un receptor, para apreciar, reconocer y valorar el trabajo de un escultor, no debería bastarle con ver su obra puesta en una exposición con una nota que diga “no tocar”, pues en este caso ¿dónde está la verdadera esencia de la Escultura?; el receptor, además de apreciarla con la vista, debería tener contacto con ella: medir su estructura, sentir su textura, tratar de reconocer los materiales y herramientas que el escultor empleó en ella, dibujar con sus yemas las líneas y formas creadas por la mano del artista. Porque el Arte, más allá de todas sus posibles interpretaciones, es saber, además, que detrás de cualquier obra hay un creador, y es eso precisamente en lo que un verdadero apreciador del Arte debería basarse para valorar la obra de ese creador: en su creación, no en una simple imagen de ella.